Aquello que el dinero no puede comprar (Cuento)

Crecieron como amigas en el seno de un barrio pobre. Ambas tenían tantas cosas en común que más que amigas parecían hermanas. Estudiaron juntas, siempre compañeras en los juegos, los cumpleaños no se podían concebir sin la presencia de la una o la otra.
El tiempo, gran organizador de destinos, las separó en su juventud, aunque solo de manera académica. Una estudiaría bellas artes y la otra una carrera de ciencias. Aun así, siempre siguieron juntas, contándose cómo les iba la vida, las alegrías y las tristezas que en ella se iban sucediendo. Asistieron a sus respectivas bodas, fueron testigos del nacimiento de sus hijos y la cotidianeidad seguía su curso.

Ambas siempre fueron muy generosas, muy amables. No importaba qué problema les acosara, la otra siempre estaba allí para ayudar y no solo lo hacían entre ellas, sino que su humildad se dirigía también a los demás. Nunca tuvieron mucho dinero. Sus ingresos no provenían de trabajos muy bien pagados, ya que ninguna había podido trabajar en aquello que le gustaba por centrarse en su familia, pero eso no importaba. Tenían lo suficiente para vivir y una familia y amigos que las querían. ¿Qué más podían pedir?

En una ocasión, el teléfono de una de ellas sonó de manera insistente.

—¡Me ha tocado! ¡Me ha tocado la lotería!

Las dos rieron de alegría. ¡La suerte les sonreía! A una de ellas le había tocado una gran suma de dinero. Una cantidad que nunca quiso desvelar, ni siquiera a su mejor amiga. Un día, quedaron en casa de una de ellas y la bendecida por la suerte apareció con un sobre.

—Para ti, para que te compres lo que quieras.

No era mucha la cantidad del sobre, pero menos es nada. La amiga lo recibió con agradecimiento y el dinero lo guardó muy bien para ayudar a sus hijos en sus estudios. Después de aquello, las quedadas entre amigas comenzaron a ser distintas. Mientras que lo regalado se diluía como el agua por los gastos, lo ganado se presentaba bajo diferentes formas. Que si hoy me compré un vestido, que si me hice un tratamiento facial, que si adquirí un nuevo coche… Poco a poco la presunción se convertía en losas que iban aplastando la amistad de ambas. La mujer que miraba el sobre al que solo le quedaban unos pocos billetes, reflexionaba sobre cómo su amiga había cambiado tanto, pero el cariño que le tenía de tantos años no le permitía alejarse, aunque su presencia se estuviera volviendo tan tóxica como estar respirando constantemente los gases de una fábrica.

Un día, cuando se celebraban las fiestas de la ciudad, mientras paseaban ambas, vieron a un artista que hacía retratos en la calle. El hombre vendía los retratos por un módico precio con posibilidad de regatear. A una de ellas le llamó la atención  y se acercó para ver las obras de aquel pintor. El hombre, al verla, le propuso hacerle un retrato por el precio de cincuenta euros y si no le gustaba, podían hablar y bajar el precio. La mujer con más dinero, dibujó una mueca en su rostro.
“No pago yo cincuenta euros por un cuadro de estos” dijo, pero a su amiga le interesaban los cuadros. Dudaba, porque no poseía tanto dinero como su amiga para derrocharlo en caprichos, pero realmente quería un cuadro. Al final pensó que tanto tiempo sin pensar en ella debía ser recompensado y que, por una vez, no sería un error comprar algo para ella. Así que aceptó el trato.

Aquel artista realizó un retrato precioso, una pintura que despedía un resplandor especial, hermosa como ninguna, aunque captara hasta la más pequeña arruga de la mujer. Ella, que se había quedado a solas con él porque, su amiga consideraba que tenía cosas mejores que hacer que perder el tiempo con un pintor callejero, le pagó los cincuenta euros sin pensarlo y se llevó el cuadro a su casa.
La obra era tan bella que a sus hijos y a su marido les encantó. Quitaron algunos cuadros del salón y la colgaron allí. Gracias a internet, los hijos publicaron el bello cuadro en sus respectivas redes sociales y pronto recibieron una auténtica lluvia de halagos, “me gustas”, comentarios y retuits.

La amiga de la mujer, que siempre gustaba de pasearse por las redes sociales para ver cómo les iba a los demás y, de esa manera, alimentar su ego, fue testigo del éxito del cuadro y un sentimiento oscuro, como una sacudida incendiaria le recorrió la columna. Comentó de manera cínica que el cuadro era “maravilloso”, pero el sentimiento de la envidia poco a poco se fue introduciendo en su carne y su mente, obligándola, al poco, a buscar a un buen artista que le hiciera a ella un retrato.

Y así fue, la mujer pagó mucho dinero por tener un retrato suyo y, tal y como hicieron los hijos de su mejor amiga, lo publicaron en las redes sociales. El resultado fueron unos pocos comentarios, mientras que el bello cuadro de su amiga, se había compartido en varios lugares. Esperó un tiempo y su publicación quedó en el olvido.
Rabiosa, no entendía cómo el retrato de un pintor callejero que no era conocido por nadie ni tenía ningún tipo de reconocimiento, podía tener más éxito que su espléndido cuadro y comenzó a buscar a otros artistas para que le hicieran otros retratos siempre con el mismo resultado: la indiferencia.

Ambas amigas seguían quedando, aunque cada vez menos. Mientras una radiaba de felicidad, la otra la observaba amargada, con una larga sombra imperceptible a los ojos que opacaba cualquier atisbo de luz. No importaba de lo que presumiera, de las cosas que comprara, sus ganancias no eran capaces de destruir la felicidad de su amiga. Por ello, al año siguiente, cuando las fiestas de la ciudad regresaron, la mujer con dinero buscó al pintor callejero para que le hiciera un retrato y lo encontró.
Cuál fue su sorpresa cuando el hombre se negó en rotundo a pintarla. Le ofreció cien, doscientos, ¡quinientos euros! por un cuadro, pero el artista lo rechazó porque no había dinero que pudiera pagar el desprecio que cometió en su día.
La mujer le insultó, le repudió y le humilló con sus palabras afiladas y llenas de veneno o, al menos eso creía, porque el artista sonreía tranquilo. Curioso por tan azorada reacción, le preguntó los motivos por los cuáles quería uno de sus retratos y la mujer explicó que su amiga era admirada y querida por ello. El artista río con una sonora y amplia carcajada y rápidamente esbozó un dibujo que enseñó a la mujer. Se trataba de una figura femenina monstruosa, sin ojos, solo con las enormes cuencas vacías y el cuerpo convertido en un pellejo que apenas soportaba los huesos. La mujer se horrorizó y lo consideró un insulto, a lo que el artista le dijo:

“No debería ofenderse. Así es como yo la veo y, seguramente, como la verán los demás. No importa cuántas máscaras, cuántos vestidos maravillosos o cuánto maquillaje de marca invierta en usted, los ojos pueden mirar el exterior y apreciar la hermosura efímera de todas esas cosas, pero la mirada es capaz de ver el alma y usted ya no tiene. Los artistas debemos ser capaces de ver más allá del puro artificio y con gente como usted tenemos que hacer un sobresfuerzo para realizar algo que ante los ojos sea bonito. Su amiga es hermosa porque, en su humildad irradia su alma. El alma es libre y pobre, el alma no se viste con materiales caros. Usted ha perdido la suya. El dinero es un arma de doble filo. Si proviene del esfuerzo y la dedicación, se convierte en una herramienta para vivir, como lo sería la espada para un guerrero. Si su procedencia no es esa y los malos hados deciden introducirlo en la vida de alguien, puede convertirse en la moneda de cambio del mal personal. Cuando dejamos que nos corrompa, como lo ha hecho usted, nos quita el alma a cambio de placeres perecederos. Al no tener alma, tenemos que alimentar nuestro ego a costa del resto para llenar el vacío que hay en nosotros. Por ello, usted solo atraerá a aquellos que han perdido su alma y a quienes solo les interesan esos placeres perecederos que solo se obtienen con el metal maldito. Su amiga, por el contrario, atraerá a aquellos que aun poseen su alma intacta, como ella. Es por eso que su retrato siempre tendrá más éxito que cualquiera de los que usted pueda hacerse. Su alma llama a las otras y entre ellas alimentan una felicidad ajena a bienes materiales que, cuando ya no estemos en este mundo, no nos servirán de nada. Usted a lo único que puede aspirar es a la envidia que le corroerá, porque el dinero no puede pagar los placeres del corazón, no puede comprar el amor ni la luz de los que nos rodean. Si me permite un consejo, deje de buscar alimentar su ego y sea humilde. Tal vez pueda arrebatarle a la fortuna monetaria el tesoro que nos brinda la verdadera Diosa Fortuna.”

 La mujer, indignada, se marchó y pensó en lo estúpido que era aquel hombre, en parte porque no comprendía sus palabras. El tiempo, juez y señor de todos los mortales, confirmó y subscribió punto por punto las palabras del artista, enseñándole el significado que en su momento no entendió y mientras su amiga, a la que había retirado la palabra hacía años, disfrutaba de sus últimos años de vejez rodeada de sus hijos, nietos y amigos, ella era testigo del disimulado enfrentamiento entre sus hijos por la herencia y la ruptura de su familia. Aquellos grandes amigos del pasado que disfrutaban de las reuniones, de los días de compras, ya no estaban. Nadie quedaba, tan solo ella y la sombra de un dinero que se marchó como vino, rodeada de retratos de ella  misma. Retratos apartados en la oscuridad de un sótano, carentes de alma.

Aquello que el dinero no puede comprar por  Verónica Monroy “Saclae”

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