Cuento: “Un amor de Otoño”

 

Rebeca se despertó aquella mañana de la misma forma en que lo hacía todos los días. Se estiró, frotó sus ojos, se retiró las legañas y se calzó. Miró la ventana y, aunque el cielo no había abandonado su capa de azul zafiro, intuyó que aquel día sería soleado.

Caminó hacia la cocina para prepararse el desayuno. El mismo desayuno de siempre: un café y dos tostadas. Después, con la energía de un zombi, se dirigió a su escritorio, encendió el ordenador y colocó el plato y la taza cerca de ella.

Todas las noches, antes de dormir, se juraba a sí misma que al día siguiente no se iba a amargar, que vería las cosas con más positividad. Todas las mañanas encendía el ordenador y los buenos propósitos de la noche se esfumaban como si solo se hubiera tratado de un bonito sueño de intenciones. La primera página web que visitaba, no era de noticias o de eventos, tampoco la página web de la universidad. Ni siquiera el buscador de Google. La primera visita siempre estaba dedicada a Facebook y allí era donde comenzaba su amargura. De todas las imágenes, de todas las publicaciones que aparecían, solo se fijaba en aquellas donde sus contactos presumían de lo que tenían o expresaban lo felices que eran y Rebeca se deprimía. Hacía años que había dejado su última relación y se sentía sola. No le ayudaba en nada ver fotos de parejas felices, pero una obsesión, casi enfermiza, le obligaba a hacerlo y así, se hundía cada vez más.
Rebeca nunca fue una chica que se caracterizara por poseer una grandiosa personalidad. Su mente viajaba como una veleta y pensaba todo aquello que la sociedad le impusiera. En el fondo, admiraba a todos aquellos que no necesitaban cánones establecidos y que vivían su vida como realmente querían. Aquellos que no necesitaban una pareja a su lado, a los que eran independientes, a los que eran felices con pocas cosas… Lo contrario a ella.

Aquel día, después de terminar su pequeña tortura matutina con Facebook, miró la hora para preparar sus cosas. Tenía que ir a la universidad y no quería que se le hiciera tarde. Cuando lo hizo, se percató de que ese mismo día comenzaba el otoño y se disgustó aún más.
“No me gusta el otoño” pensaba, “pronto el cielo se cubrirá y vendrán los días de lluvia, será un horror salir de casa y los árboles se quedarán sin sus hojas y las traeré pegadas en las botas. ¡Qué asco!”.
Rebeca no era capaz de ver una realidad que no fuera negativa. Todo le parecía mal. Salió a la calle sin abrigarse mucho pues, aunque aquel día era el primero del otoño, las temperaturas no eran muy bajas. Se dirigió a la universidad con paso firme, pero desanimado y no se percató del ligero cambio de color de las hojas, del olor a café de las cafeterías por la mañana, de las risas y los sonidos que producía la gente que trabajaba. Marchó a la universidad a pasar sus horas rutinarias.

Salió al medio día y rechazó quedarse un rato más con sus amigas. ¿Para qué? Hablarían de sus perfectas vidas y eso, a Rebeca, no le hacía gracia, así que caminó en dirección a su casa. No obstante, al llegar a una de las calles por las que pasaba siempre, observó que la acera se encontraba toda levantada por obras, así que no le quedó más remedio que dar la vuelta para cruzar por el parque.
Allí comprobó que no había mucha gente, aunque, realmente, le daba igual. Paseaba al lado del césped cuando, de pronto, escuchó un sonido agitado. Se detuvo en seco por el susto y miró a todos lados, pero no vio quién podía ser el culpable. “Será un pájaro” se dijo y siguió caminando. No había dado tres pasos cuando volvió a oír aquel sonido y, entonces, a un lado del cesped, vio un montón de hojas moverse. Al poco, de las hojas emergió un cachorrillo de color marrón y manchas canela que jugueteaba y se quejaba de vez en cuando. Rebeca miró a su al rededor en busca del dueño de aquel perrillo, pero allí con ella no había nadie. Curiosa, miró con detenimiento al cachorro y comprobó que no llevaba ni collar ni una placa que lo identificara. Pensando en que podía haberse escapado, hizo un amago por cogerlo en brazos y, para su sorpresa, el perrito se dejó.
La sensación era extraña, era como tener un peluche caliente que se movía de vez en cuando entre los brazos. Preguntó a las pocas personas que había en el parque para saber si el perro era suyo y todas lo negaron.

¿Y ahora, qué iba a hacer? Su conciencia no le permitía dejar al cachorro allí solo. Pensó en llevarlo a un veterinario, pero no tenía la certeza de que se lo fueran a quedar o lo llevaran a un centro de adopción y cuando pensó en este centro, sintió tal lástima que decidió llevarse al perrito a su casa y poner un anuncio por internet para ver si aparecía el dueño.
A partir de entonces, la vida de Rebeca cambió por completo. El dueño no apareció y el perrito demandaba toda su atención. Había que alimentarle, sacarle a pasear y jugar con él. Poco a poco se encariñó tanto con el animalito, que decidió quedárselo. Le puso de nombre Coockie porque, le recordaba a una galleta y pronto formalizó todas sus vacunas y pidió al veterinario que le colocara el chip identificativo.

Coockie ahora era su familia y la vida de Rebeca cambió por completo de color. Ya no podía visitar su facebook nada más levantarse, ahora tenía que pasear a Coockie. Ya no desayunaba sola, lo hacía con él. Ya no le importaba la vida de los demás, la que realmente le apasionaba en aquel momento era la suya.
Ahora, mientras paseaba con Coockie, se fijaba en las hojas, en cómo cambiaban de color. Percibía el olor a café por las mañanas, escuchaba a la gente y las hojitas que quedaban pegadas en sus botas, ahora se habían cambiado por el barro y la hierba de los parques, pero ya no sentía asco. Otras personas con perro se le acercaban y sin saber cómo ni por qué, pronto entablaban una conversación. La vida dejó de ser gris para volverse dorada, como las hojas del otoño.

Rebeca comprendió que el amor no está relacionado únicamente con una pareja. El amor se encuentra en todas partes, sobre todo en uno mismo y, cuando encuentras algo que realmente te apasiona y que mueve tus ilusiones, como los ojos marrones de Coockie, el amor se ve reflejado en ello. Las lluvias del otoño barrieron las marcas de la sociedad en la vida de Rebeca y le dieron fuerzas y energía para sonreír tanto, que hasta sus amigas quedaban eclipsadas con su sonrisa. Cuando le preguntaban que había pasado para que estuviera tan feliz, ella únicamente decía “un amor de otoño, amigas mías”.

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