Temática oscura y de terror II: Maldiciones

Una maldición (del latín maledictio, es decir, maldecir) es la expresión de un deseo que conlleve un mal, ya sea para un vivo (persona o animal) o para un ser inerte (un lugar, un objeto, etcétera). En la literatura encontramos varios motivos “malditos” o, lo que es lo mismo, historias o personajes cuyos males se repiten a lo largo de las diferentes novelas y los distintos autores. La tendencia actual, sin embargo, es la de confundir una maldición con un maleficio.

Ahora te preguntarás a qué me refiero, puesto que, seguro, tú también consideras ambos términos sinónimos el uno del otro. La realidad es que estás equivocado.
La etimología (el saber de los étimos, la “raíz” que forman las palabras) o el estudio de las palabras en cuanto a su origen y evolución a lo largo de la historia hasta su estado actual aclara esta situación. Sin entrar ni profundizar en cómo se produjo esta evolución, puesto que compete a la historia del español y no nos hallamos en una clase de esta, maledictio, tal y como se ha comentado más arriba, está compuesto por las palabras “mal” + “decir”, por lo que, cuando usamos el término “maldición”, nos referimos a la expresión o verbalización de un deseo malintencionado. Maleficium, por su parte, se corresponde con el sustantivo del verbo latino malefacere (male “mal” + facere “hacer”), evolucionado en verbos ya en desuso como “malfacer”. Así pues, un “maleficio” es realizar el propio mal o el propio daño, sin que sea necesario verbalizarlo.

Una vez que conocemos estos datos, ya no supone mucha dificultad diferenciar ambos términos. Sin embargo, en la literatura se aprecia un uso incorrecto de ambos a la hora de describir o hablar de un hechizo o un conjuro maligno que acosa u oprime a los personajes. En resumidas cuentas, si el conjuro se ha dictado será una maldición y si se sufre un mal que no ha sido dictaminado o deseado por nadie, se sufrirá un maleficio. De esta manera, dependiendo de lo ocurrido a los personajes y de si se conoce el origen de su mal como una condena expuesta mediante la voz o un deseo, o se trata de una cuestión de mala suerte, deberíamos utilizar un término u otro.

Dicho esto, esta entrada está dedicada a las maldiciones, por lo que dejaremos los maleficios apartados para la próxima.
Debido a su naturaleza hablada, cualquiera está en disposición de maldecir a otros, puesto que se trata de expresar nuestros malos deseos hacia los demás o hacia nuestro entorno. Muchos confunden las maldiciones con la brujería o, peor aún, la nigromancia, disciplinas esotéricas que pueden hacer uso de ellas, pero que, en ningún caso, se encuentran obligatoriamente relacionadas.

En resumen, cualquiera tiene la capacidad de lanzar una maldición. Desde un niño hasta un anciano. El mero hecho de verbalizar un deseo maligno se convierte en el propio acto de maldecir. Ahora bien, como en tantos otros casos, el poder de una maldición se encuentra en la creencia que los implicados sientan hacia ella. Si una persona maldice a otra y ambas creen con firmeza que las maldiciones existen y se cumplirán, la maldición se materializará. Por el contrario, si el “maldito” no cree en las maldiciones, estas no surtirán ningún efecto.
Entenderás, entonces, por qué un maleficio es más poderoso que una maldición ¿verdad?

Tal y como se comentaba con anterioridad, la maldición se puede lanzar sobre personas, animales o seres inanimados. Las maldiciones sobre estos últimos suelen provocar un efecto más terrorífico sobre nosotros, ya que el desconocimiento produce pavor en el ser humano y no saber quién fue el creador de la maldición o, aún sabiéndolo, no conocer cómo era esa persona, nos lleva a temer los efectos malignos que un lugar o un objeto pueda tener sobre nosotros. Debido a esto, las maldiciones sobre casas, territorios, pertenencias, etc, suelen materializarse siempre.
En el caso de los animales, lo expuesto también funciona del mismo modo, porque, aunque un animal no tiene conciencia ni puede creer o no creer en lo dicho por un humano, las personas que convivan con él sí y, por este motivo, vuelve a cumplirse el ciclo de cumplimiento e incumplimiento de la maldición.

Los efectos de una maldición, por tanto, no son automáticos. Las maldiciones van adquiriendo fuerza conforme crece el miedo y la superstición del o los afectados. El maleficio, por el contrario, sí es instantáneo y sus premisas se cumplen en el acto. Por esta razón, maldiciones como las de las momias, los espíritus malignos, demonios, algunas criaturas como los “muertos vivientes” o “vampiros”  o las brujos y nigromantes (si se diera el caso)  adquieren forma poco a poco hasta cumplirse y, como el mal atrae al mal, los afectados en su condena desean que otros sufran lo mismo que ello.

Un sencillo ejemplo de maldición podría ser el llamado “mal de ojo”, el “mirar mal”, el “aojar”… Se trata de un deseo maligno hacia los demás y, en teoría, se produce cuando el afectado es visto por la persona que le desea el daño. La envidia y el odio, son los factores que provocan este tipo de maldición.
La cultura popular habla de varios remedios para detener esta pequeña maldición que, aunque sus efectos suelen ser un par de retortijones y unas náuseas unos días, en ocasiones es tanto el mal que se desea que puede ser un atractor de verdaderas desgracias. Algunos de estos remedios pasan por masajes de aceite y oraciones cuando se trata de un mal corporal. También rezar una oración que aleje al mal en rituales con agua, llevar piedras que absorban las malas energías como las obsidianas o motivos religiosos (dependiendo de las creencias de cada uno) para hacerle frente, se convierten en diferentes maneras de protegerse ante ella. Aunque, la más efectiva, sin duda, es no creer en ella y estar seguro de que nadie puede hacerte daño. Recuerda que aquello que puede causarte un terrible mal es eso que te acompaña y a lo que dejaste entrar en tu vida.
Otro dato a tener en cuenta es que las maldiciones suelen escribirse. Escribir un deseo es la mejor forma de que sobreviva al paso del tiempo y una maldición no es una excepción. De hecho, existen maldiciones familiares: malos deseos que se repiten a lo largo de los años con el objetivo de dañar a familias enemigas.
Podemos encontrar, además, maldiciones amorosas de amantes despechados. En la antigua Roma y en Grecia, se han hallado lugares en los que se enterraban tablillas con maldiciones enterradas en lugares que se consideraban próximos a los infiernos (las conocidas tabulae defixionis). En ellas se deseaba el mal de a un amor no correspondido, venganza para malos negociantes, desgracias para otros, etc.

En próximas entradas, dividiremos el tema de las maldiciones y el de los maleficios, a su vez, en subtemas donde se hablará de distintas maldiciones o maleficios (criaturas, casas encantadas, etc.). No pretenderemos, en ningún caso, crear un “manual” definitivo, pero sí una pequeña y breve guía que pueda ayudar a los escritores a diferenciar y ver cómo funcionan ambas formas dañar o de realizar maldades. En adición, en ningún caso estas entradas describirán cómo maldecir a otros, ya que este no es un sitio esotérico, sino de aprendizaje literario y mucho menos se pretende generar un daño a alguien. Por lo tanto, si esperas algo de esto, no lo vas a encontrar.

Como siempre, tú como escritor o como lector, tienes la última palabra y tendrás que usar lo que mejor se adapte a tus historias y creer lo que tu alma sienta.

Ya has visto que maldición y maleficio no son lo mismo, pero la tendencia a economizar está apartando este último termino y creando un hiperónimo con maldición en el que encuadrar los efectos de ambas. Lo más seguro es que, en un futuro, maleficio deje de utilizarse por su carácter culto. Ahora bien, nosotros, como escritores, somos los que damos apoyo o no a estas tendencias y, aunque también pequemos de economizar, en ocasiones, también se nos toma como referentes de la lengua.
Así que, ¡ya sabes!. Aquí tienes dos términos diferenciados que añadir a tu, ya de por sí, amplio léxico. ¡Nos seguimos leyendo!

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