WRITOBER 2020 / 9. CAMINO

Desoyendo las recomendaciones del guía, abandonó el grupo nada más llegar a la zona en la que se encontraba la cueva que tantas veces había buscado en Google.

No tuvo que avanzar mucho, pues su oquedad en la tierra se divisaba con claridad desde su posición. No estaba nada oculta, pero, según el guía, nadie se atrevía a bajar allí. Leyendas horribles de espectros circulaban entre los lugareños. Aunque no le importó, era una oportunidad perfecta para dar a conocer al mundo su trabajo. No podía fallar.

Nada más llegar, vio unas escaleras de piedra que descendían y se adentraban en el agujero. Dichos escalones daban a un camino largo y ancho que iluminó con su linterna para empezar a avanzar por él. En un momento dado, se topó con lo que le pareció el umbral de una entrada, pues sobre ella se leía una inscripción que decía: «El que abandona el camino está condenado a perderse». Pero no se inmutó y continuó. A partir de ese trecho, la anchura se volvía más notoria y ya no parecía que estuviera recorriendo un sendero, sino una larga galería que no terminaba nunca.

Temeroso por la posibilidad real de perderse, pensó que era mejor idea dar la vuelta y regresar con más compañeros para cubrir más terreno. Giró sobre sus pasos y, aunque solo fue un instante, lo vio. Quizá había sido fruto de su imaginación por su nerviosismo, pero habría jurado haber visto un rostro cadavérico enfocado por la blanca luz de la linterna.

Entonces continuó caminando, pero no había dado dos pasos cuando oyó un ruido. Enfocó con la linterna; la vio, las vio. Decenas de caras de piel desgastada, casi traslúcidas, que no dejaban de observarlo. Intentó huir aterrorizado, pero varias manos huesudas le arrebataron la linterna, le desgarraron la ropa y un aliento procedente de la roca deshizo su piel.

El guía sonrió triunfal. ¿Cuántos años habría ganado? ¿Veinticinco? ¿Treinta? —No os separéis. Recordad que el que abandona el camino está condenado a perderse —advirtió al grupo sin poder contener una risa rejuvenecida.

©2020, Verónica Monroy

La imagen utilizada para ilustrar este relato pertenece a su respectivo autor y se ha utilizado sin ninguna modificación ni con fines comerciales.


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