WRITOBER 2020 / 29. LLAVE

Gravy se había convertido en uno de los arqueólogos más experimentados y reconocidos en su campo por el descubrimiento de la «Puerta del Hades». El umbral de enormes dimensiones, oculto en las cercanías de un volcán descubierto por casualidad en una isla inhabitada, se asemejaba a una puerta en la que se veían grabados antiguos y símbolos de muerte. Los esqueletos, tanto de humanos como de animales, recorrían las hojas de la puerta doble, como si estuvieran ansiosos por entrar.

El equipo de Gravy comentó que debía de tratarse de una obra esculpida en la piedra, pero al arqueólogo le daba la impresión de que, en realidad, sí se trataba de una entrada. Si estaba en lo cierto y aquel lugar ocultaba una necrópolis, su nombre se leería para siempre en todos los libros de arqueología, biografías y enciclopedias por tal descubrimiento.

No obstante, ¿cómo abrirla? No podían usar la fuerza y destrozar semejante hallazgo. Quizá hubiera algún mecanismo, alguna llave. Pero, por mucho que buscó e investigó, no encontró la manera de forzar la puerta, y durante toda su vida soportó los cuchicheos, publicaciones y comentarios de otros compañeros de profesión que lo tachaban de loco. El hecho de no aceptar que, en realidad, se trataba de una escultura hizo mella en su imagen. Y tal era su obsesión con ese tema que, una fría noche de invierno, tuvo una pesadilla extrañísima.

Se encontraba rodeado de oscuridad, solo. Caminó sin saber muy bien hacia dónde iba hasta que se topó con una entrada demasiado conocida para él. La Puerta del Hades lo aguardaba al final del corredor que tantas veces había recorrido y, cuando la alcanzó, oyó el crujir de la piedra y esta empezó a abrirse.

Gravy fue encontrado muerto en su domicilio. Había sucedido mientras dormía, y, a la vez que sus allegados lloraban desconsolados por su pérdida, él se iba de este mundo realizado. Había encontrado la manera de entrar. Lógico, pensó atravesando el negro umbral, la llave para abrir la puerta al Reino de los Muertos no puede ser otra que la propia muerte.

©2020, Verónica Monroy

La imagen utilizada para ilustrar este relato pertenece a su respectivo autor y se ha utilizado sin ninguna modificación ni con fines comerciales.

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