Mansión
Esta no es la típica historia de casas encantadas. O sí, ¿quién sabe? El caso es que Abel odiaba trabajar en los jardines de aquella mansión. Había visto muchas películas de terror, y la pinta que tenía ese edificio no auguraba nada bueno. Tétrica, oscura, en lo alto del pueblo; allí seguro que tenían que habitar fantasmas. Si nunca se oyeron historias sobre ello, sería porque el dueño era un artista excéntrico, porque nunca se quitaba las gafas de sol, al que solo le preocupaba esculpir estatuas y no se enteraba de nada. Abel estaba seguro; seguro, seguro.
Por esta razón, no se atrevía a mirar a las ventanas viejas, no fuera que entre las cortinas viera algún rostro horripilante. Entonces, del microinfarto que sufriría no volvería a trabajar allí, y la verdad, por mucho que le atemorizara la mansión, pagaban demasiado bien como para perder ese empleo. De hecho, no trabajaba tanto. Solo debía arreglar las plantas y el césped del jardín y acomodar las estatuas que terminaba el dueño en sus pedestales. Nada más y nada menos. El sueldo que cobraba no solo le permitía ahorrar, sino también darse caprichitos y cuidarse, por ejemplo, yendo al gimnasio. Últimamente, su físico era el tema de las conversaciones de varias chicas que conocía, y él estaba encantado.
Sucedió un viernes muy caluroso por la mañana que Abel, sudando por el clima y el trabajo, decidió quitarse la camisa. En ese momento, la casualidad quiso que el dueño pasara por allí y, cuando lo vio, se paró para observarlo con detenimiento. Él, azorado, se apresuró a vestirse, pero un buen artista siempre sabe apreciar una obra de arte. Ese día, le encargó el doble de trabajo y cuando terminó, bien caída la tarde, le pidió que le acompañara para colocar una última estatua. Abel no comprendía nada cuando vio el pedestal vacío sin ninguna figura cerca, hasta que, al girarse, la visión de dos ojos amarillentos en la oscuridad le dejó petrificado, hasta el punto de convertirse en otra encantadora estatua de aquella tétrica mansión que tanto temía.
©2021, Verónica Monroy
Nota: este microrrelato fue escrito para el reto LITERARTOBER de Facebook y aparece en mi antología de terror Cuentos de Tinieblas.

¡Recuerda! Si no quieres perderte artículos como este, noticias sobre mis lanzamientos, servicios, ofertas y mucho más, suscríbete a mi Newsletter ![]()
Descubre más desde Verónica Monroy
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
