WRITOBER 2020 / 25. NIÑO

Todos los años hacía lo mismo. Junto con otros niños, salía a recoger caramelos. Su calabaza no era de plástico, pero no importaba, era lo suficientemente grande para guardar una gran cantidad de chucherías.

Aunque, si lo pensaba bien, los dulces no eran lo más importante. A él lo que le gustaba era pasear por las calles, ver al resto de niños e intentar adivinar de qué se habían disfrazado. No era muy hablador, porque en realidad nunca sabía muy bien qué decir, pero solía llamar la atención por su disfraz.

El Halloween de aquel año fue especial, no sabía por qué, pero parecía que a todos les había dado por disfrazarse de lo mismo. Harapientos, con la carne caída por el rostro, algunos llenos de sangre y todos emitiendo ruidos guturales. Se preguntó por qué hacían esos sonidos tan ridículos y, como cada año, siguió el río de niños por las calles. Esa noche, reflexionó, había sido en la que más fotos se había hecho. Todos querían fotografiarse con él, su disfraz era el mejor de todos.

Llegó el alba y, con él, la hora de volver a casa. Cargó su vieja calabaza repleta de golosinas y caminó y caminó hasta salir del pueblo. Observó con cuidado que nadie estuviese mirando y se adentró en el camposanto. Una vez allí, paseando con parsimonia, se detuvo delante de una lápida cuya tierra se encontraba removida y se sentó al lado.

«Ha sido divertido», pensó, y arrojó todos los caramelos, que no podía comer, a un lado. El sueño lo alcanzó y, cuando no pudo más, se deslizó hacia el hueco terroso para dormir hasta el año siguiente.

En una de las casas del pueblo, un joven enseñaba entusiasmado a su familia las fotos que se había hecho ese Halloween en el que la moda había sido ir disfrazado de zombi. Sin embargo, la cara de su madre se desencajó cuando, en una de ellas, lo vio junto al mismo niño, con el mismo disfraz, que hacía cuarenta años le había regalado dulces de una misma y vieja calabaza.

©2020, Verónica Monroy

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WRITOBER 2020 / 24. SUEÑO

Marcelo volvió a soñar esa noche con que volaba sobre la ciudad. Sentía el cosquilleo en el estómago cuando descendía a toda velocidad y la emoción de ascender hasta sobrepasar los edificios. Aquel tipo de sueño era su favorito, le encantaba visitar lugares de su ciudad que, despierto, no había visitado.

Aquella vez surcaba las viviendas de las afueras cuando, de pronto, se encontró una mansión de la que, juraría, nunca había oído hablar, y fue tanta su curiosidad que no pudo evitar acercarse y adentrarse en ella.

No parecía abandonada, de hecho, podía oír voces procedentes de los pisos superiores. Avanzó con cautela, admirando cada detalle de esa antigua casona y, cuando volteó para mirar al salón, se topó con un anciano sentado en un sofá. El joven se disculpó, aunque el hombre no parecía haberle oído, y siguió avanzando.

Nada más llegar al primer piso, se cruzó con una joven bellísima que lo miró con ojos muy abiertos. Ella sí lo había visto. Tan hermosa era que se quedó prendado, y a ella, para su sorpresa, parecía que también le había gustado.

Sin mediar palabra, extendió sus brazos para abrazarlo y besarlo. Marcelo se dejó hacer, pero en cuanto notó que la lengua de la chica se movía como la de una serpiente con violencia se retiró. Su apariencia, ahora viperina y depredadora, lo asustó tanto que huyó sin pensarlo, sin mirar atrás.

Surcó los cielos, voló entre edificios, llegó a su balcón y volvió a su cuerpo. Despertó y suspiró. ¡Qué sueño tan raro!

Se levantó para tomar un poco de agua sin dejar de pensar en lo que había visto, y sus manos, después de abrir la nevera, soltaron la botella. La luz del interior iluminó la silueta de la joven que acababa de ver y de cuya espalda emergió una cola que lo agarró por la cintura y lo atrajo hasta ella sin piedad. La mala suerte había hecho que Marcelo encontrara una casa de demonios en su viaje astral, y la súcubo no iba a dejar escapar un bocado tan suculento.

©2020, Verónica Monroy

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WRITOBER 2020 / 23. MALDICIÓN

No hay mal que cien años dure… Mentira, los hay; existen males muy persistentes, maldiciones que no se despegan de uno jamás. Y no, no son esas que se concentran en casas o lugares abandonados. Ni siquiera aquellas que se desatan por profanar ubicaciones sagradas. Tampoco las que te puede lanzar una gitana o alguien que no te quiera bien.

No.

Las peores vienen de tu propia familia.

Kayla nació con una enfermedad rara que le impedía moverse. Era la menor de cuatro hermanas, y mientras las tres mayores disfrutaban de sus vidas, ella se veía obligada a quedarse en casa, quieta, encerrada en un cuerpo sin la fuerza que poseía su mente.

Aunque no se desee, tal desgracia es la puerta de entrada de la envidia, de la más maliciosa de las envidias, esa que te carcome y te va pudriendo por dentro y por fuera hasta convertirte en algo diferente, hasta volverte un espectro.

Cuando sus hermanas se casaron, abandonaron la casa y tuvieron hijos, Kayla se quedó sola. La visitaban de vez en cuando, por obligación; así lo sentía. Con lo cual, su dolor se hizo más grande y profundo. Y cuando duele vivir, ¿qué importa el dolor de los demás?

Antes de su muerte, Kayla deseo la infelicidad de sus sobrinos, el sufrimiento de todos ellos.

A partir de entonces, no hay generación que no sufra las visitas de Kayla, el espíritu corrupto que se arrastra por el suelo, fluye por las paredes y acosa a los de su sangre. Puede que, de esa manera, sienta la libertad que no tuvo en vida, pues no para de moverse.

La mayoría han perdido la cabeza por verla. Han terminado en manicomios o quitándose la vida. Pero yo haré que esto termine. Me pregunto si un espectro puede consumir a otro. No lo sé, pero ahí está de nuevo, mirándome con su diabólica sonrisa. Lo que no espera es que no tendré descendencia y, cuando muera, aunque condene mi alma, regresaré a por ella. Y la maldición también se volverá suya.

©2020, Verónica Monroy

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WRITOBER 2020 / 22. DOS CARAS

Todos tenemos dos caras; se comenta que una buena y otra menos amable, dos versiones de uno mismo. La criatura más cándida puede convertirse en una bestia implacable cuando se sobrepasa el límite de su fortaleza, e, incluso, los asesinos más perversos pueden mostrar ternura con unos pocos elegidos.

El problema viene cuando no sabes cuál de esas dos caras, de esas dos realidades, domina a un individuo. Si es pérfido, sabes a qué atenerte; si es noble, también. Pero ¿qué ocurre cuando ambas personalidades se solapan? No estamos hablando de que una se enfrente a la otra para sobresalir, sino que ambas coexistan en un bucle cambiante que puede escupir una u otra sin previo aviso. En ese caso, hablamos de locura.

Así pensaba la psiquiatra mientras observaba a la joven de suaves facciones sentada en el colchón, a través de un cristal. No había respondido bien a ningún tratamiento y podía desde comportarse de manera ejemplar, en algunas ocasiones, a mostrar instintos asesinos en otras. Aludía a que, en realidad, perdió su alma hace tiempo, pero ninguno de los dos entes que luchaban por ella había salido victorioso.

Llevaba así años.

La psiquiatra entró en la sala para otra sesión de control y la chica le regaló una sonrisa sincera. Parecía que hoy tendría suerte, que hablaría con su lado «bueno».

—¿Cuándo saldré de aquí, doctora?

—En cuanto logremos que controles tus cambios de humor, ya lo sabes.

La joven se quedó un segundo pensativa.

—¿Sabe? —dijo—. Por una vez, nos hemos puesto de acuerdo en algo.

—¿En qué?

—En que ya es hora de salir de aquí.

Dos voces que jamás había oído le hicieron levantar la mirada, pero un fuerte golpe en el pecho consiguió detener su corazón durante unos instantes. Cuando se recompuso, salió corriendo de allí, entró en el baño y se enjuagó el rostro.

Miró al espejo y contuvo la respiración. Ahora lo veía; dos caras, la suya y otra oscura y perversa que no conocía. Uno de los entes se había traspasado a ella. Eso o… ¿se habría vuelto loca?

©2020, Verónica Monroy

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WRITOBER 2020 / 21. VOCES

Corría dirección a su casa sin querer mirar atrás. No podía quitarse de la cabeza el lamento de aquellas voces. Tampoco la imagen perturbadora de la masa informe de cuerpos que se arremolinaban en una esfera dantesca.

Cuando se unió al grupo, nunca pensó que llegarían tan lejos. Se anunciaban como adoradores de quien impartiría justicia entre los hombres, practicantes de una vida sin lujos, ni excesos y respetando a los animales.

Sin embargo, algo no le olió bien cuando empezaron a hablar de sacrificios y comenzó a tener que ir por obligación a los ritos.

Pero, como no había sangre alguna, sino que solo se les extraía el alma, pudo soportarlo.

Pero… esto, ¡¿esto?!

Sintió náuseas con solo recordar las voces. Abrió la puerta de su casa y corrió a limpiarse el sudor.

Tenía que salir del grupo, no podía soportarlo más, jamás se arrancaría de sí mismo esos lloros de ultratumba.

Así pensaba cuando, de entre las sombras de su salón, apareció «el Mayor», gran sabio del grupo.

—No te preocupes, no todos son capaces de entender una empresa tan ambiciosa. Los grandes cambios suelen ser abrumadores para la mayoría.

Se quedó paralizado. ¿Cómo había entrado en su casa?

—Solo necesito tiempo -mintió.

—Tranquilo, sería imperdonable que con todo el tiempo que llevas con nosotros no participaras en «la llamada».

Lo siguiente que recordó fue oscuridad y, cuando despertó, se percató de que alguien cargaba con él por los pasillos del castillo abandonado del que huyó. El frío le indicaba que se encontraba sin ropa y su alma inquieta le auguraba que pronto se separaría de su carne para convertirse en una de esas voces que no podía olvidar.

©2020, Verónica Monroy

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WRITOBER 2020 / 20. JUEGO

¡Al fin la había conseguido! Le había costado mucho y había tenido que coger dinero a sus padres durante semanas para que no se dieran cuenta, pero había merecido la pena. Ahora podría fardar con sus amigas.

En sus manos sujetaba el tablero de ouija que miraba embelesada imaginando las caras de admiración de las chicas. Tenía que esperar, eso sí, al fin de semana. Sus padres no estarían, pero como ya tenía dieciséis años y siempre se había portado bien, no pusieron impedimentos a que invitara a sus compañeras para quedarse a dormir. Siempre y cuando cuidara de su hermano pequeño, Timoti.

Timoti era un niño reservado y callado, por lo que no iba a suponer ningún incordio. Así que en la gran noche de la quedada, después de comer nachos, ver películas y hablar de chicos sin cortarse con la presencia del pequeño, sacó el magnífico tablero.

—Recordad, una pregunta por persona —advirtió ella, y comenzaron la sesión.

Las chicas reían ante las respuestas que les ofrecía el tablero, pero Timoti parecía cada vez más inquieto, sentado al lado de su hermana.

—Vámonos a dormir, por fa.

—Tranquilo, enano, es solo un juego.

«Es solo un juego», oyó él a la voz sibilante y burlona a sus espaldas, que llevaba un rato contándole historias feas sin que, al parecer, nadie más la oyera.

Timoti se puso tan nervioso y tenía tanto miedo de levantarse solo que se orinó encima. Las amigas de su hermana dejaron de «jugar», riéndose de él, y decidieron irse porque una fiesta con un niño meón y pesado no era una fiesta.

—¡Ya te vale, me has fastidiado el plan, pelma!

A las tres de la madrugada le oyó abrir la puerta de su cuarto y se arrepintió. Había sido muy dura con él. Sin embargo, cuando se levantó para invitarlo a dormir con ella, lo vio en el umbral mirándola con unos ojos que no eran suyos y un tenedor en la mano.

—¿Timoti? —Tranquila, enana, solo es un juego —respondió con una voz sibilante y burlona.

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WRITOBER 2020 / 19. MIEDO

«No tengas miedo, no dolerá».

Normalmente, cuando dicen eso es que va a dolor. Aunque en esta ocasión tuvo razón, no dolió, no sentí ningún tipo de molestias. Si digo la verdad, tampoco me hubiera importado notar algo antes de que me arrebataran la capacidad de hacerlo y de sufrir por el miedo.

Cansado de tanta amargura en mi vida, elegí unirme a la guardia de aquel hombre misterioso que se rodeaba de hombres de mirada vacía y piel fría. Hombres ahora como yo. No voy a justificarme con que aquella noche iba más bebido de lo normal; decidí, y esto puedo asegurarlo, con plenas facultades, aceptar el pacto.

No más dolor, no más miedo.

¿A cambio? Mi humanidad y libertad. Derechos que entonces no me parecieron tan necesarios.

Vamos perdiendo. Muchos han caído y yo ya he perdido un brazo y una pierna. Miro impasible a los necios que como yo aceptaron convertirse en estos muñecos de carne y me pregunto si conservarán la conciencia como yo, que solo sirve para torturarse uno mismo. Ni la sangre, ni los restos me causan sentimiento alguno. Percibo el empellón, los desgarros y oigo los huesos crujir, pero nada de dolor y menos, por supuesto, de miedo.

Tendido en el suelo con la mirada perdida en la nada, espero a que me asesten el golpe definitivo que oscurezca todo. Estas son las consecuencias de aceptar convertirme en un no muerto y que te hacen comprender que, precisamente, lo que se siente y se sufre es lo que te hace estar vivo. Aunque son tan abrumadores que tipos con el nigromante saben aprovecharlos a su favor. Ahora espero mi muerte definitiva, no sé cuánto de mí quedará, no puedo verme. Solo espero el final. Sin dolor, sin miedo.

©2020, Verónica Monroy

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WRITOBER 2020 / 18. SILENCIO

Cualquiera podría pensar que con esto de la pandemia me tiraría meses de «descanso», pero el ser humano es tan soberanamente imbécil que siempre, siempre, habrá trabajo para Freis.

Esta vez me ha tocado ir a la casa de una de esas viejas ricachonas que se pasan los estados de alarma y los confinamientos por el «vetusto» forro. Con eso de que tienen pasta, se pueden permitir ciertas licencias que los que consideran la plebe no. Sin embargo, el mal no hace distinciones entre ricos y pobres, sobre todo, cuando se trata de tontos de este tipo. Así pasa, luego estas santurronas tienen que llamar a alguien especializado porque al niño, que creían infectado de coronavirus por asistir a una de sus «pijo-parties», le pasa algo grave, contra natura.

Por supuesto, esta mujer no sabe que soy un demonio. De haberlo sabido, se hubiera ido al otro barrio sin pasar por el purgatorio.

Estoy cerca de la habitación del chaval y ya oigo los quejidos y lamentos guturales. Me han pedido que le haga callar, que los vecinos empiezan a mirarlos mal por los ruidos en la noche. Esta casa ha sido siempre muy silenciosa y respetuosa. Y no se tiene que preocupar, le devolveré su ansiado silencio.

Abro la puerta y lo primero que me encuentro es a un tipo de unos veinte años caminando de un lado a otro del cuarto, babeando y con un violento tic de cuello que le hace girar la cabeza constantemente. Cuando se da cuenta de mi presencia, voltea para verme e identifico sus ojos blancos. No hay duda, la juerga de este imbécil ha sido más espiritista que de drogas y alcohol.

Aunque se acerca a mí porque siente mi energía, coloco con tranquilidad el silenciador. Lo miro por un instante y no puedo evitar reír. Patético.

Apunto a la cabeza con la pistola; sin conciencia, no hay posesión, y le transmito el deseo de su abuela.

—Silencio.

©2020, Verónica Monroy

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WRITOBER 2020 / 17. TORRE

Los nuevos tiempos han conseguido que la gente ya no crea en fantasmas ni en duendes ni en brujas ni en demonios. Ni los jóvenes ni los no tan jóvenes hacen caso de las antiguas leyendas ni de los saberes populares que te advertían de lugares potencialmente malditos o convertidos en guaridas de siniestras criaturas. La verdad es que, en la era tecnológica, encontrarse con alguno de esos entes o sucesos paranormales valdría para conseguir popularidad, un tesoro efímero que, para muchos, vale más que el propio dinero. El ego de los humanos es inconmensurable.

Padre e hijo se aventuraron a explorar la torre de la abadía abandonada, a pesar de las advertencias de los pueblerinos.

«Muchos se han despeñado, y no por deseo propio».

Esos avisos lo único que conseguían era avivar la curiosidad de ambos. La lógica era simple: si todo el que había subido a la torre había visto espíritus y se había matado, ¿cómo se conocía la existencia de dichos espíritus si nadie había sobrevivido? Además, querían grabar un vídeo y mandarlo a ese programa de televisión tan famoso de sucesos paranormales y después subirlo a youtube. El niño quería ser youtuber y por algún lado había que empezar.

La noche cayó y ambos se adentraron en la abadía derruida, cruzaron las pasarelas salpicadas de piedras y llegaron a la torre, que se mantenía casi intacta. Subieron y subieron bromeando, fingiendo que veían fantasmas y riendo.

Al llegar a lo alto, se encontraron en una sala iluminada por la luz de las estrellas filtrada a través de los agujeros del techo. Empezaron a grabar.

El hombre explicaba lo que había allí, mientras el niño comenzó a tontear al lado de una de las ventanas.

—Mira, papá, ¡un fantasma me ha poseído! —bromeó.

El hombre se giró para mirarlo y tiró la cámara. A su lado, agachada, una figura negra acechaba a su hijo y, antes de que se diera cuenta, se levantó, lo agarró por la camisa y lo lanzó torre abajo.

Su padre se precipitó detrás de él, intentando salvarlo.

©2020, Verónica Monroy

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WRITOBER 2020 / 16. SONRISA

Sonríe, sonríe, sonríe… ¿Alguna vez habéis soportado al pesado de turno pidiéndote que sonrías todo el rato en las fotos? ¿Por qué? ¿Por qué hay que sonreír si no se siente? ¿Es mejor esa imagen de falsa felicidad a una más sincera?

En mi familia siempre he sufrido a los «tontos de la sonrisa». Mi madre, mi tía; ahora mi cuñada, mi suegra… incluso mi novia. Ya lo decía mi padre enfermo: «Si fuera por mí, les cosía la boca. Siempre enseñando los dientes, con esa sonrisa cínica que nadie se cree. En realidad, son todos unos infelices, por eso obligan a los demás a sonreír, porque no desean ver reflejados en otros sus verdaderos sentimientos».

A mí tampoco me gusta sonreír. No me gusta, es un gesto que veo innecesario y que creo que debe salir espontáneo. Sé, por experiencia, que las peores aberraciones se cometen con una sonrisa en los labios. Los que van de bondadosos, como esos malditos curas del colegio, esos son los que más sonríen.

Estoy harto de sonrisas. Mi padre no pudo cumplir sus deseos, pero yo… ¡Oh! Yo, sí.

Es Noche Buena y el alcohol ha ocultado sin problema el sabor de los narcóticos. Tengo varias horas por delante hasta que sea Navidad, así que me dará tiempo a preparar a la perfección la foto navideña de este año.

Uno a uno, los voy colocando en las sillas, los ato para que no se desequilibren y caigan y preparo el trípode con la cámara al frente. Yo me ajusto la corbata y aguanto el control remoto en una de mis manos mientras poco a poco se desperezan. Los gimoteos, al principio, son tenues, pero cuando descubren que están atados y tienen los labios cosidos intentan gritar sin éxito. Eso me divierte, ahora saben lo que se siente cuando te obligan a sonreír después de haberte tapado la boca.

Con el último de ellos ya despierto, me yergo en el asiento, preparo el control y esbozo una amplia sonrisa mirando a la cámara.

—¡Sonreíd!

©2020, Verónica Monroy

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