Gato negro 

Los humanos son seres incomprensibles. Se autodenominan como  la criatura más inteligente que puebla esta tierra pero,  si les observas detenidamente, pronto te das cuenta de que son contradictorios y extraños. Sé lo que digo,  pues años de observación desde las calles son los que han formado esta opinión en mi.

Nací en un jardincillo rodeado de edificios. Mi madre tuvo que pensar que sería el sitio más seguro, pero nada más lejos de la realidad o, bueno, tal vez sí para algunos de mis hermanos. El caso es que nací en otoño y, claro, los cambios de temperatura y de clima cumplieron con su particular trabajo de selección natural. Así, de ocho hermanos sobrevivimos cinco y fue a la edad de un mes cuando vi y conocí por primera vez a los humanos. Unas criaturas feas y deformes que caminan sobre sus patas traseras y cuyas delanteras usan, principalmente,  para sujetar y agarrar objetos y otros fines más dañinos.
La curiosidad es algo innato en nosotros, así que, cuando aparecían, sentíamos la necesidad de acercarnos para saber quiénes eran. Nuestra madre, por extraño que nos pareciera, nos alejaba todo lo posible de ellos. Los consideraba peligrosos y no permitía que ninguno de nosotros se acercara demasiado.
De esta manera, desde la verja que separaba el jardincillo del resto de la calle, ellos nos observaban. Venían a vernos tanto ejemplares adultos, como ejemplares cachorros (los cuales son sumamente ruidosos y, en mi opinión, los más peligrosos) y, como seres de naturaleza inquieta, algunos de mis hermanos pronto desobedecieron a nuestra madre y se saltaron la norma de no acercarse, sobre todo al ver que algunos nos lanzaban comida muy rica que nada tenía que ver con los saltamontes y lagartijas que cazábamos y la leche de nuestra madre. Por eso, cuando hacían aquello, pensábamos que qué criaturas tan agradables. Sin embargo, un día, una cachorra de esos humanos ( a las cuales ellos les llaman “niñas”), señaló a uno de mis hermanos mientras hablaba con el que debía de ser su padre. En concreto, ambos miraban muy atentos a mi hermano de color blanco con una mancha negra en la nariz y, antes de que nos diésemos cuenta, aquel humano enorme se adentró en el jardín, lanzó una manta sobre mi hermano y se lo llevó.

Esto volvió a repetirse una y otra vez con el resto de mis hermanos, hasta que solo quedamos mi madre y yo. Jamás volví a saber de ellos, aunque espero que la suerte les deparara un buen futuro en la medida de lo posible.
En definitiva, crecí solo y con mi sombra como única compañía, recorría las calles y me adentraba en los más recónditos rincones. Los humanos, cuando me los encontraba, no me miraban de manera amable como lo hicieron con mis hermanos (antes de raptarlos, por supuesto). Al contrario, me dirigían miradas despreciativas y asustadizas en algunos casos. Incluso, al pasar delante de ellos, algunos se giraban y me daban la espalda. Un comportamiento muy raro, la verdad. No fue hasta que me independicé y me alejé de mi madre cuando supe el motivo.

“Eres un gato negro y a los humanos no les gustan los gatos con ese color. Además, tienes los ojos amarillos y eso agrava tu situación. Ten mucho cuidado con ellos, pues la mayoría odian a los que son como tú. No me preguntes los motivos, ya que no los conozco, pero he sido testigo de capturas y maltratos por su parte a gatos parecidos a ti. Ten mucho cuidado y no te acerques mucho a ellos si quieres sobrevivir.”

Esas fueron las palabras de mi madre. A aquellos seres no les gustaba por el simple hecho de que el color de mi pelaje fuera negro y, además, tenía que tener cuidado porque, mi color de ojos empeoraba las cosas. Pronto, comprobé que sus palabras eran ciertas.
En un principio, intentaba mantenerme al margen de ellos y vivir lo más alejado posible. Entre otras cosas, porque además de lo dicho por mi madre, a esos humanos les gustaba compartir su vida con los perros, animales brutos, de enormes dientes y muchos tamaños. Unos auténticos sirvientes de esos humanos, pero que, cuando se quedan a solas, son capaces de perseguir y cazar a otras criaturas. En definitiva, tenía que compartir la ciudad con otro depredador como yo, solo que, en esta ocasión, él sí podía matarme (aunque yo tenga armas para defenderme).
Así fue como decidí vigilar desde las alturas y durante aquel tiempo aprendí muchas cosas. Algunos gatos, con los que me peleaba de vez en cuando por conservar mis territorios de caza, se dedicaban a maullar delante de las ventanas de los humanos. Algunos salían y les daban comida y otros les echaban de malas maneras, pero pronto se aprendían cuáles eran los hogares de los que eran “amables” y todos los días repetían el mismo procedimiento. Por esta razón, más motivos tenía para echarles de mi territorio. Ya me costaba lo mío cazar aunque fuera un insecto, para que otros que comían comida humana también quisieran apropiarse de lo poco que conseguía. Aunque, muchas veces me vi tentado a hacer lo mismo, las pocas veces que lo hice en aquella época, siempre era ignorado o expulsado de malas maneras. ¡Claro! ¿Cómo olvidarlo? Era un gato negro y a los  humanos no les gustan.
Aun así, aprendí que algunos  humanos son tan odiosos y destructivos que son capaces de ir en contra de cualquier gato, sea cual fuera su color. Algunos amigos que conocí aparecieron muertos y otros enfermaron mucho por probar comida “regalada” por los humanos y, desde entonces, toda la comida que encontraba debajo de los coches (esos objetos que usan para moverse sin tener que utilizar las patas y que son tan calentitos y peligrosos a la vez), la inspeccionaba en busca de olores poco comunes y, si el olor que emitía no lo reconocía, no la probaba y, por supuesto, ni siquiera me acercaba a la arena blanca o amarilla que dejaban por las calles.

Muchos fueron los que cayeron a manos de estos mezquinos seres. Sin embargo, otros de mi especie vivían felices y engordando dentro de sus casas. Los miraba desde la ventana y al hacerlo, sentía vergüenza y a la vez envidia. Yo debía pasar frío, humedad, calores insoportables y largas temporadas de hambre y otros vivían sin preocuparse de nada de eso. Aunque, no cambiaba mi libertad por nada del mundo.
Un día, por casualidad, vi a una humana interactuar con un gato negro, como yo. Su lenguaje corporal no parecía hostil y mi congénere se mostraba tranquilo con ella. Era la primera vez que veía aquel comportamiento con alguien de mi mismo color y entonces, me entró curiosidad por investigar los motivos por los cuáles la mayoría de ellos nos odiaban. Al ser un gato joven y al haberme mantenido alejado de ellos, no comprendía muy bien su idioma pero, conocía a otros gatos viejos que sí lo hacían y que conocían sus costumbres, por lo que decidí investigar los motivos de ese odio irracional hacia el color negro y por qué otros humanos (los menos), no se comportaban igual.

Pasé los siguientes días con mis compañeros ancianos y lo primero que me aconsejaron fue aprender el lenguaje de los humanos. Con un poco de tiempo y mucha observación lo conseguiría y aunque no entendiera lo que decían por completo, comprendería lo suficiente para saber interpretarlos y conocer sus intenciones. De esta manera, descubrí que los humanos pensaban que cruzarse con un gato como yo les traería desgracias y por eso me daban la espalda. Los ancianos me comunicaron que esto se debía a que estos seres pensaban que algunas de sus congéneres con habilidades sobrenaturales, a las que llamaban brujas y tenían terror, podían convertirse en uno de nosotros. La cuestión de los ojos amarillos la averigüé más tarde, por desgracia, ya que un grupo de humanos jóvenes me persiguieron para intentar capturarme para ritos extraños para protegerse de un ente al que denominaban “demonio” y parece que lo que querían era poco menos que destriparme porque pensaban que esa criatura era yo. Según supe más tarde, algunos humanos piensan que los gatos negros con ojos amarillos son representación de ese tal demonio y como es algo negativo para ellos, los más me quieren muerto y los menos me idolatran. ¡Qué locos estos humanos!

Con el paso de los años aprendí a protegerme de todo esto, tanto de humanos, como de los perros y otros peligros de la calle. De lo que no pude protegerme fue de la enfermedad y en una ocasión caí muy enfermo. Tenía una tos terrible, un gran dolor en el pecho y ni ganas me daban de comer o moverme. Entonces, un humano de esos que llevan dos ventanas en sus ojos, se apiadió de mi. Desde hacía un tiempo hasta ese momento, había notado que el miedo a los gatos negros se estaba disipando, aunque algunos seguían dándome la espalda o escandalizándose cuando me veían y otros pocos me querían para esas fiestas a las que llaman Halloween.
Aquel humano llegó una mañana con una manta y me cogió en sus brazos. Una sensación rara, desconcertante, pero no desagradable y como no tenía fuerzas para resistirme, tampoco hice el intento. Después de eso, me llevó a un sitio horrible, lleno de luces blanquísimas y otro humano empezó a tocarme por todos lados para comenzar a pincharme. Ahí, sí reaccioné y le di dos buenos arañazos, para que aprendiera a guardar las distancias, pero el me tomo de la cabeza y me hizo tragar un líquido asqueroso y vomitivo. Tan malo estaba aquello, que no paraba de salivar intentando que aquel sabor se fuera rápido de la boca. Luego, me metieron en una especie de jaula, muy cómoda pero, atosigante y escuché a los humanos hablar. Lo hacían animadamente, contentos y como tenía muchísimo sueño, caí rendido.

Desperté en la casa del humano y a partir de ese momento, comenzó mi dulce tortura. Todos los días, el humano (que se llamaba Ángel), me obligaba a tragar el líquido asqueroso, pero a cambio, me dejaba ir de un lado a otro de la casa, comer una comida seca muy rara y otra blandita, buenísima. No sabía que eran, pero mi estómago se sentía contento y deje de pasar hambre. La tos y el dolor se pasó y poco a poco me fui acostumbrando al humano, aunque yo, como buen gato, necesito vigilar mis territorios, así que un día, en un descuido, me marché y cuando tengo hambre y sueño regreso al que ahora es mi hogar.
Al humano no le importa y a mi me importa menos que le importe, tenemos una buena relación, después de todo. Sé que hay otros gatos que no necesitan salir de sus hogares humanos y bueno, para gustos los colores. Yo nací y me crié libre y a mis casi cuatro años, nadie me va a convencer de quedarme eternamente en un sitio. He aprendido a convivir con mi entorno siendo un gato negro y lo llevo bien, aunque… Ando preocupado. Mis amigos cuentan que a muchos gatos en mi situación, les ocurre algo muy extraño. Hacen una visita al veterinario (ese humano desgraciado que no tiene respeto alguno y solo te da porquería para tomar y te pincha), se quedan dormidos y cuando despiertan en su casa, al poco tiempo ya no desean salir, ni buscar aventuras, ni gatas, ni nada. Solo vivir la vida tranquilamente.

He aprendido muchas cosas a lo largo de mi vida, aunque esta se me escapa. Espero que nunca me ocurra pero, por si acaso, dejo constancia de lo que ha sido mi vida hasta ahora desde mi jaula de transporte. Desgraciadamente, voy dirección al veterinario. Me conozco el olor del camino de sobra… Si me quedo dormido y despierto siendo otro, al menos, espero que mi experiencia sirva a otros gatos. Mi caso demuestra que se puede ser feliz con los humanos, aunque nunca hay que olvidar tener mucho cuidado con ellos, sobre todo si eres un gato negro.

“Gato negro” por Saclae

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